DE LA CULTURA Y OTROS DEMONIOS | 04.11.10

by admin

Después de haber agotado todo lo que hay en negocios, política, el convivir y demás –y ver que ninguno de estos satisface al fin, o que se visten por siempre –¿que queda entonces?

Walt Whitman

“Mi corazón y mi pensamiento, en una sola voluntad, exaltarán su nombre, en un constante esfuerzo por su cultura”

-Froylán Turcios

Nunca ha sido, según se escucha, Honduras un país para ver crecer o dedicarse a la cultura. Desde pequeños, muchos niños son advertidos (algunos prohibidos) a dedicarse a ser artistas por sus propios padres, quienes, en ciertos casos, son artistas también y han visto muy difícil, ciertamente, su situación como para encaminar a sus propios hijos en un sendero similar. La pregunta de “¿Cómo hace dinero un artista?” es una que muchos aspirantes a la carrera, profesión u oficio de artista, creador o realizador piensa mucho; es un ruido estremecedor que chilla incesantemente en los orificios del alma y, a menos que nuestra alma sea como la de Whitman (quien además, tenía fortuna heredada), en nuestro tiempo globalizado, es imposible no darle al menos un poco de atención. Este quejido es efecto social y económico, efecto de la era en que vivimos, no es, sin embargo, un quejido de lastima, ya que vaya a saber por qué razón, siempre tenemos, los artistas como seres humanos, un grano de esperanza que algún día nuestro trabajo será reconocido. O de que algún día tendremos aquella palabra que describimos “éxito”.

Aunque el fracaso es un constante, el éxito es relativo. No obstante, no cae mal que ese éxito venga con coche nuevo, dólares en algún banco de ultramar, y millones de millas de viajero frecuente en una aerolínea de prestigio. Es decir, poder vivir en pleno y plano confort capitalista, del que todos (no nos engañemos) gozamos cuando podemos. Pero, ¿será este confort el verdadero barómetro de nuestro éxito? Pues, parece que no. Buena crítica (que los ‘expertos’ se plazcan de nuestro trabajo), fama (popularidad por ser popular) y aparentemente, estima de colegas (la competencia) y a veces, hasta la felicidad (o satisfacción) propia también cuenta ¡Vaya que si es difícil ser artista!

Como artistas, es muy probable que nuestra obra, ya seamos pintores, escultores, cineastas o actores, sea malentendida; o entendida a medias, vista como baladí o, en el peor de los casos, como decoración en las casas de los ricos. Pero esto no quiere decir que la obra siempre es malentendida. Es más, muchas veces es sobreestimada y adquiere valor demasiado rápido antes de que el artista pueda analizar y medir su progreso antes que pase de moda. Porque quiérase o no, la fama de un artista es moda, sujeta a valores y criterios culturales, económicos y muchas veces (o en la mayoría de las veces) políticos. Es mucho trabajo, poca recompensa, y a veces, mucho pleito. Pelearse con la familia por ser un holgazán y soñador, pelearse con los críticos por no seguir sus directrices, pelearse con sus propios colegas por diferencias de opinión. Ni mencionar lo difícil que es explicarle a alguien sin previo conocimiento, conceptos como museografía, abstracción, instalación, teoría del arte, liberación del contexto, etc. No que se trate de ser un sabelotodo, pero tenemos la idea de que el arte y la cultura es para todos, de que tenemos el derecho a conocer y poseer el arte. Muy cierto, pero a modo de analogía: una cosa es saber o conocer matemáticas, por ejemplo, la otra es saber como funciona un puente sin siquiera haber tomado una clase de cálculo. No se trata de gustos, ni de educación siquiera. Así que no entendemos a veces, porque los artistas tenemos que explicarle algo a una persona que no sabe nada de arte, como un abogado no tiene porque explicarle el Código de Comercio a alguien que no sabe ni jota de derecho o tiene el más mínimo interés en éste, salvo para decidir si le gusta o no, o si está a favor. Eso no es democracia. Democracia implica responsabilidad, no solamente goce de derechos. Si alguien tiene curiosidad por el arte, que atienda museos, que vaya a exposiciones, que lea libros de arte, que los compre de vez en cuando. Si viaja, que haga lo mismo. Así, cuando tenga una conversación con algún ‘experto’ del arte que le trate de engañar, se podrá defender mejor, sabrá de lo que le están hablando, de la misma manera que debemos leer nuestra constitución y leyes generales. Cuando este ‘experto de arte’ le hable demasiado de enmarcados, de la presentación de un trabajo (sin hablar si quiera de su contenido) o trate de utilizar palabras muy complejas para describir algo sencillo, usted sabrá que habla con un charlatán.

La cultura es lo único que quedará de nosotros después de que hayamos destruido a este planeta con guerras y químicos. Es lo único verdadero que nos queda, aquello del alma que sabemos que nos fortalece. La educación artística, la vocación de un artista que demuestra un niño o un adolescente, es algo que hay que mejorar, en lo que hay que invertir no algo que denigrar, o desviar hacia rutas más cómodas que corroen el espíritu creador. Me sorprende, pero no me extraña, que a estas alturas no exista un instituto superior de arte que otorgue licenciaturas para artistas en Honduras. Tanto nos hemos acostumbrado a este hecho espeluznante que ni siquiera pensamos que sea necesario. Tal vez no lo sea, digamos, pero ¿como hablar de algo que nunca se ha tenido? Además, ya se ha probado tanto en Honduras que “esas cosas” no son necesarias, que necesitamos comer, etc. Pero, ¿ha mejorado nuestro estilo de vida? ¿Tenemos qué comer ahora? Unos dirán, ¿pero para que leer ? Pruébelo y verá. Si tuviésemos cultura, al menos sabríamos que hacer de nuestra existencia, que es mucho de por si. Mucho más que un cuadro colgado con un marco y una firma de alguna figura anónima. Tal vez tenemos la tendencia a pensar que la cultura es algo de ricos, de burgueses y oligarcas o de bohemios, intelectuales y sabelotodos, pero quienes la producen son los pobres. Hay una correlación con el mercado global aquí: los países de periferia producen sobre sus lomos, los países ricos lo exprimen y explotan de sus recurso. O al menos esa es la mitología. Aunque el arte funciona dentro de este marco económico, las ideas y la creación artística pueden trascender estas líneas; es más, este es, precisamente, su objetivo. Así que no es cierto que el arte es de los pocos o del pueblo solamente. Es de aquel que se tome el esfuerzo para acceder a sus misterios y se responsabilice por hacer lo mejor que puede por estos tesoros humanos.

fede

Federico Rosa Suazo


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