Los MIlagros del Fútbol por Fede | 10.22.09
by admin
“Yo no soy más que mendigo de buen fútbol…”
-Eduardo Galeano, A Sol y Sombra
“Algo que no sabía que estaba ahí surgió dentro de él y lo llenó de convicción…”
-Willam Golding, El Señor de Las Moscas
No sé en qué consiste exactamente, pero según muchos escritores, es un instinto tribal. El fútbol en Honduras es una actividad que va más allá de un mero deporte; es algo que es parte del diario vivir de la personas, un espectáculo que tampoco es solamente entretenimiento, sino algo que de una forma u otra, da significado (falso o verídico no sé) a las vidas de muchas personas; es, increíblemente, el barómetro social más efectivo- seguido tal vez por el consumismo o el culto a los famosos. De cómo anda la selección nacional de fútbol podemos saber cómo anda el pueblo hondureño. Si anda cuesta arriba (la mayoría del tiempo) entonces el pueblo también. Cuando David Suazo fue contratado históricamente por uno de los clubs de fútbol más adinerados y poderosos (como todo negocio seguramente lo es) del mundo, el Inter de Milan, fue como que eo ipso un hermano fuera contratado. Nos dio alegría, por mera proyección psicológica, que a Honduras misma la habían contratado, como que yo mismo como hondureño tenía oportunidades de salir adelante en la vida, y que algún día, iba a ser reconocido por alguien grande y poderoso; que el éxito no estaba en las manos de nosotros los hondureños por: a)falta de confianza propia y b) baja autoestima; no por haraganes, mucho menos por falta de talento e ingenio.
Desde que estoy pequeño he vivido las angustias, alegrías y dolores que producen ser fanático de fútbol. Mis primeras memorias son alrededor de un partido transmitido por televisión en España ‘82. Yo fui un acérrimo fanático (cosa natural, pero viendo desde afuera hacia adentro no hay manera distinta de describir nuestra actitud) desde muy pequeño- ahora no lo soy tanto- pero el fútbol me trajo tanto de los momentos más alegres de mi niñez (jugar con mi hermano, coleccionar vistas para los álbumes de las selecciones, ver la belleza nítida y rígida del uniforme del equipo Alemán) así como momentos de frustración inenarrable, como ejemplo, perder contra Haití 0-1 ruta al Mundial del 2002; pérdida que mi mente supersticiosa la calificó de un presagio apocalíptico en mi vida. Por cierto, muchas cosas estaban yendo de mal en peor en esos días para mi, a lo que sumando la vil pérdida de esa selección, se totalizó en un porvenir horripilante; cosa que me ha hecho pensar que el fútbol tiene poderes del augurio y misterio tan fuertes como los de un oráculo. Cosa por la cual tomo muy en serio, a merced de los consejos de mi padre y el escritor hondureño César Indiano, la seriedad de este deporte en mi país.
Es irrisoria, a mi parecer, la relación entre identidad y fútbol, ya que el concepto de identidad es tan abstracto, relativo y confuso. Creo, más bien, que el efecto del fútbol es algo sencillo; es el sentido de pertenecer. La identidad es inherente para el desarrollo del ser humano, de las naciones, es cierto, pero postulado como una teoría suena demasiado fácil superficialmente para aprensarla a una realidad; o sea, es de índole idealista. Si tuviese un correspondiente en la realidad, Honduras sería lo único que soy; yo soy mi patria, mi nación; pero la euforia de un gol va más allá de mi identidad, la supersede; no hago equivalentes entre La Constitución de La República y Yo, por ejemplo. Esa euforia futbolística es la manifestación tribal de un concepto de hogar; un concepto territorial subconsciente, intrínseco, que me liga a mi comunidad. Esto no es identidad, porque la identidad tiene que ver con el ser autónomo y esto del fútbol es algo mucho más básico. Identidad es, al final, demasiado civilizado como concepto, pareciera una decisión consciente de que éste juego me gusta y representa a mi país—no, creo que es una decisión visceral, tomada por nuestros cuerpos al venir al mundo ya forjado dentro de ciertas costumbres, ritos y tradiciones.
Que estas costumbres sean parte de una conglomeración más grande que nosotros está claro. La tribu está obsoleta, estrictamente hablando, pero s existen tribus urbanas. La globalización, el mercado libre, la religión a la carta, todo esto es parte de algo más grande, seguramente. Pero todo va dentro del mismo esquema: casa, comida, rito, familia; en países subdesarrollados vemos pandillas, hinchas, nacionalismo, religión como en países desarrollados; muchas veces, no obstante, se manifiestan de una manera más cercana a la tribu que a la urbanidad. Los tatuajes faciales de la MS-13, por ejemplo, recuerdan más a los Maorí de Nueva Zelandia que a los ‘gangsters’ de Chicago.
Este instinto tribal, como pudimos notar a través de las masas aglomeradas en la Basílica de Suyapa, quienes esperaba a la selección nacional de fútbol como santos, no está superado en nuestro país. Que el mismo presidente de la República diera un feriado nacional por clasificar al Mundial de Sudáfrica creo que no se da en Alemania, tal vez ni en México o Brasil. Felicidad porque gane nuestro equipo en el deporte más popular del mundo un pase a la Copa Mundial es ocasión de celebrar, por supuesto. ¿Pero hasta cuando? Nuestro país tiene serios problemas en todo ámbito que se pueda imaginar, pero la selección de fútbol ha eliminado en nuestras mentes que existen o que son importantes. La democracia no puede florecer ni desarrollarse en estas situaciones. Cuando todas nuestras esperanzas están volcadas sobre un equipo de balompié, es imposible poder atacar problemas reales, concretos, como la falta de comida, agua potable o techos. Que el fútbol nos ayude a olvidar esto, a ‘desahogarnos’ como dijo un psicólogo de pacotilla por la televisión está bien; pero no hay que olvidar que hay personas que se benefician de esto, que las masas son utilizadas como lo han sido desde el Circo de Roma, así como hay personas que no tienen casa donde ver el tal partido. ¿Y que quien al final va a ir a Sudáfrica, en cuerpo presente, para hacer hincapié en la religiosidad del asunto? ¿Honduras? Piénselo antes de contestar.
Yo salté al ver el gol de EEUU que nos dio el pase al mundial, lo cual, hoy, me hace reflexionar en lo ridículo que es equivaler una sociedad democrática a una selección de fútbol; ayer odiamos a los gringos, y hoy los adoramos; no porque nos han ayudado a resolver la crisis política sino porque, sin saberlo, nos han dado la mayor alegría que hemos conocido desde España ’82. Ir a un mundial de fútbol. Estas incongruencias no son de mayor efecto en la mente tribal, y es más, son pedantes. Pero son verdad. Y la verdad no es un ideal. Es una realidad.